Escándalo Infantino-Trump revive oscuro pasado de la FIFA

Ciudad de México. La tarjeta roja que le retiraron al delantero estadunidense Folarin Balogun bien puede aplicarse a la FIFA. Ese acto deja expuesto al organismo por su servilismo ante Donald Trump. El magnate se ufanó de la llamada que hizo a Infantino y el levantamiento de la sanción que impedía jugar al delantero ante Bélgica. Ayer, lo relató con absoluta satisfacción como alguien que se sale con la suya.

–Entiendo los deportes muy bien. Y eso no fue una falta, incluso ni siquiera una infracción –dijo Trump ante los periodistas en la Casa Blanca–. El árbitro le mostró una tarjeta roja, yo no sabía lo que eso significaba, luego escuché que significa que no puede jugar el próximo partido; eso me parece injusto. Solicité la revisión a la FIFA.

Trump no dejó pasar la oportunidad de poner bajo sospecha al árbitro brasileño Raphael Claus “por su pasado”. Mientras los colaboradores del mandatario le celebraban con risas, quedó en evidencia la sumisión con la que actúa la FIFA, que se justifica con el argumento de que su Comisión de Disciplina actuó de forma independiente y que la sanción no fue revocada, sino suspendida por un año; sin embargo, Balogun puede jugar.

Indignación

El caso provocó indignación inmediata. Incluso confederaciones aliadas, como la UEFA, condenaron la respuesta ante las presiones del presidente de Estados Unidos. El organismo que integra a las federaciones de Europa acusó a la FIFA de haber “cruzado una línea roja”. En un comunicado fijaron esa postura.

“Expresamos nuestra incredulidad ante una decisión tan inédita, incomprensible e injustificable”, critica la UEFA.

Incluso el anterior dirigente de FIFA, Joseph Blatter, quien dejó la presidencia de ese organismo por los escándalos de corrupción en la asignación de los mundiales de 2018 y 2022, reclamó a su sucesor por lo absurdo de sus decisiones ante la presión estadunidense. Lo criticó de manera directa y sostuvo que el reglamento no puede cambiar por una llamada telefónica.

“El futbol nunca debe convertirse en un patio de recreo para el poder político”, publicó Blatter en sus redes.

Infantino intentó defenderse ante la ola de indignación mundial. Habló de independencia en las decisiones que toman los órganos internos de FIFA; que sí –lo admitió–, habló con Trump como suele hacerlo con otros mandatarios, pero insistió en que la controvertida decisión de levantar la sanción a Balogun la estableció el Comité Disciplinario, que –sostuvo– es completamente autónomo y por tanto, aunque no comparta sus conclusiones, las respeta.

No es la primera vez que las decisiones deportivas se someten a intereses políticos. Este Mundial lo ha puesto en evidencia de forma burda por los alardes de poder del propio Trump. Desde que la FIFA le creó un Premio por la Paz, para satisfacer sus reclamos a los encargados de entregar el premio Nobel, el sometimiento es inocultable.

En el Mundial de Italia 1934, Mussolini presionó para que su selección quedara campeona. El uso propagandístico del deporte tiene antecedentes históricos. Un día antes de la final ante Checoslovaquia, en la concentración italiana recibieron un telegrama inquietante que terminaba con una frase amenazadora: “Buena suerte para mañana, muchachos. Ganen. Si no, crash”. El mensaje estaba firmado por El Duce.

En el partido, Checoslovaquia ganaba 1-0 hasta el medio tiempo. En el descanso, el entrenador Vittorio Pozzo recibió una nota en la que le hacían una amenaza. “Usted es el responsable del éxito. Pero si fracasa que Dios lo ayude”. Muy asustado, el técnico le pidió a sus jugadores: “No me importa cómo, pero hoy deben ganar o destruir al adversario”. El partido terminó con el 2-1 para Italia, campeona en la era del fascismo.

Ricardo Gotta reconstruye en su libro Fuimos campeones otro episodio en el que los intereses políticos metieron mano en una competencia. En medio de una de las dictaduras más sangrientas del siglo XX, Argentina organizó la Copa del Mundo de 1978. La Junta Militar dirigida por Jorge Videla trató de lavar su imagen ante la mirada internacional. A un kilómetro de donde se disputó la final, estuvo el siniestro campo de tortura y desaparición de la Escuela de Mecánica de la Armada.

Otros casos

La selección argentina necesitaba ganar al menos por cuatro goles de diferencia a la de Perú para avanzar a la final, de lo contrario Brasil sería la que disputaría el título. El marcador final fue de 6-0, pero quedó manchado por las sospechas.

Un episodio aún apuntala las dudas. Antes de empezar el partido, Videla y Henry Kissinger, el siniestro promotor del Plan Cóndor que instauró dictaduras instrumentales para Estados Unidos, visitaron el vestidor de los jugadores de Perú.

Llegaron por sorpresa y los futbolistas peruanos no entendían los motivos de la inusual visita. Algunos recibían masajes, otros estaban medio desnudos, y no supieron cómo reaccionar. El dictador habló de la fraternidad de los vecinos sudamericanos y de los intereses comunes. Gotta recoge una confesión de un volante peruano: “Un par nos cagamó las patas”. Otro más contó años después: “Apareció Videla, un personaje que daba miedo por todo lo que estaba pasando”.

En el Mundial de Chile en 1962, la FIFA también levantó una sanción que impedía al legendario Garrincha jugar la final. En el partido previo, después de jugar bajo las patadas de los rivales chilenos, respondió en la misma medida, pero recibió una tarjeta roja. También fue expulsado su contrincante Honorino Landa, pero sólo al Ángel de las piernas torcidas le levantaron el castigo. La razón fue igual de absurda que la de Infantino con Balogun.

El árbitro central supuestamente no vio la infracción de Garrincha, sino que fue informado por su asistente, el uruguayo Marino. La Comisión de Disciplina de la FIFA dijo que había que consultar al abanderado para corroborar el castigo, pero ese árbitro ya se había marchado a su país. Garrincha, entonces, jugó la final.

No hay vuelta atrás, con el nuevo y evidente descrédito a plena luz de la FIFA, ahora políticos británicos también reclaman que se levante el castigo al defensa Jarrell Quansah, expulsado en el partido contra México. Reconocen que la roja fue justa, pero si tomaron la decisión de perdonar a Balogun, entonces exigen congruencia y que se aplique también a ellos.

La FIFA ha quedado en evidencia por boca del propio Trump.

Fuente: la jornada.

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